Carlos yacía pálido sobre aquella tumba pasajera con olor a desinfectante. Eva pronto entendió. Su pronta partida era inocente, sin maleficios culpables, ¿cómo señalar a la naturaleza caótica? Fue la justicia quien se había quitado la venda y había sentenciado su propio derecho. Por eso lloraba la niña. Porque cuando aún hacía calor sabía que no volverían a verse otro invierno, que la humedad bañaría en agua fría unos recuerdos a penas valiosos. Hacía tanto tiempo de la infancia. De los sábados con tortilla de patata, juegos de mesa y bailes entre humo de tabaco. ¿Quién es quién? No era Pepe, ni Carmen, ni Joaquín. Tampoco será Carlos. Y ahora la escarcha se asentaba en el banco de sus ojos, y ahí aguantaban en primera línea del frente, hasta que se desplomaban por un terreno cóncavo, luego convexo, de un color indefinible: anaranjado, rosado, caliza. Y morían sobre la tela de un sabio pañuelo que comprendía la verdad de su pena. Qué surtido de desconsuelos a quilómetros de una cama maculada de vidas rotas. La niña vio difuso un insecto caminando por su mesita de noche. Le pareció joven, frenó su impulso inicial, lo dejó caminar.