lunes, 12 de febrero de 2018

Arriba

Fin de la obra y yo aplaudo por convenio a este silencio y su eco infinito. Pretendo que la magia quede contenida y, ajena a nosotros, no se consuma por el capitalismo.

Sin el desgaste de lo común, lo hastíamente real, lo finito sin remedio. Si lo adquiero se destruye. Dejémoslo pues así, allá en lo alto. Es una nube blanca y se mueve a gran velocidad con ayuda del viento. Y el tiempo.


El rumor se aleja intacto, es una ilusión pulida por la nostalgia, un pasado que nunca pierde su brillo. Es un ser que sobrevive a una criba interesada, en continua evolución, ciclos y flechas, así de apasionante.

Yo estoy allí y me siento extranjera de mi vida.



miércoles, 7 de febrero de 2018

Disimulando

Te estás quedando atrás… Y sigues quieto.
Se me ocurre que eres un océano en calma y que esta película comienza con una playa.
En el centro del plano, tu silueta, de espaldas, junto a una sombra que tiene la forma de mi cuerpo. Se va atenuando.
Por la noche, cuando te veo sin que estés, cuando la ciudad se apaga y tú vuelves a ser un niño.
Me abrazabas. Sí, de pequeño me abrazabas. Cuando sueñas con pájaros y te ocultas entre las plumas y finges volar.
Pero te rodean solemnes barreras forradas de piel.
Y yo sé la verdad, pero sigo disimulando.
Que no te quiero, que no te… necesito.
Ah. Ya lo dije.
Mi verdad ha salido a la luz -¿hasta qué punto es real?-.
Y entonces, la escena final:

Todos, alrededor de una mesa, brindando por la libertad.

domingo, 21 de enero de 2018

Sobre los usos de la locución adverbial "en fin"

“En fin” es una expresión versátil. La podemos utilizar para mostrar pena, enfado, melancolía, perplejidad, o como colofón de una carcajada. Esta locución puede incluso albergar todo este abanico de sentimientos a la vez. En ocasiones va acompañada de un suspiro o sirve para rellenar silencios incómodos en conversaciones tanto triviales como complejas. “En fin” también resume o aclara lo que acabamos de decir, y cierra historias que reclamaban a gritos un final necesario. 

martes, 16 de enero de 2018

Sobre lo mismo

Estoy desnuda ante ti:
tu mirada desgastada me amordaza
y no me salen las palabras.
Desorientada, tiro piedras sobre mi propio tejado
y huyo.
En mi mochila de piel las guardo,
ordenadas y silenciosas,
¡ay! pero me pesan, a mi pesar…
conque avanzo arrastrando mis pies
inútiles y torpes pilares de mármol,
atrapados bajo sesenta quilos de dudas
y de miedos.
Da lo mismo, yo sonrío a mis ruinas
-como si no pasara nada, pues nada pasa-
y en delirios finjo que veo estrellas en el horizonte.

Hacia allí me dirijo
merodeando a pasitos cortos pero cautos,
inspeccionando curiosa a los otros caminantes.
Cuando nos cruzamos, giro mi cabeza
y clavo en ellos mis ojos intrusos.
Resulta que están tan perdidos como yo.
Pero, ¡¿qué estamos haciendo?!, entona el coro.
Una sospecha evidente nos asalta:
Nacimos para preguntar
y exclamar
sin saber nunca cuál es la respuesta
o la consecuencia.
Es más:
la utopía
es solo una idea.

Mientras tanto la tierra gira y yo desespero.
Los otros viajeros me miran, nadie me ve, nadie me espera.
Me canso de ser mujer y jamás quisiera ser hombre.
El lastre de mi condición hace eco en mi cabeza,
me oprime, me suprime,
pero me deja volar a tu nido
con el anhelo de una cuna perdida,
y en el camino me creo pájaro sin dueño.

Solo de noche existo,
es a oscuras que mis aleteos te doblegan
y finges que sigues mi rastro
y que tocas mi sueño.
Pero pronto, siempre pronto, es mañana,
la hora de la verdad, del refugio de las ropas,
de tirar tus piedras sobre mi tejado
y huir.
Ahora bien,
resulta que estás tan perdido como yo,
conque vuelves distraído, a medio vestir
-como si no pasara nada, pues nada pasa-,

y yo, que me creí pájaro, te invisto de rey sol.

miércoles, 10 de enero de 2018

Los desilusos

Un destello momentáneo,
fugaz, una estrella
que recorre mi cuerpo
y brilla en tus ojos
que reflejan los míos.

No pido un deseo,
porque al fin he comprendido
-tú ya comprendiste-
que todo era ilusión.

miércoles, 3 de enero de 2018

3 de enero de 2018

Te sentaste en el rincón de un pasillo que me recordaba de nuevo al de mis abuelos. Otra vez aquel aroma a vetusto, al barrio de mi infancia. La puerta de la cocina había desaparecido; ahora solo estabas tú en una silla de madera y mimbre. A tus pies yacía aquel conocido suelo negro, un abismo con manchas blancas que parecían obra de Rorschach. “¿Y tú, qué ves en ellas?”, podría haberte preguntado para descubrirte al fin. Pero eso siempre lo pensé después. Mi tía, mi madre, primos, todos iban pasando en una algarabía de voces y cuerpos en movimiento, como solían en aquellas reuniones que hoy parecen parte de la vida de otro. Y tú me mirabas, había fuego en tus ojos y me mirabas como yo ya no recordaba. Nunca vi en ellos más que deseo irracional. Nunca supe ver más que lujuria en los ojos de los hombres curiosos. Y quizá, tal vez, era yo... Pero entonces todo fue una playa, y tú te marchaste –remarchaste– con un niño cogido de tu mano. Conocía a aquel chiquillo, aunque ahora no fuese el mismo de siempre. “Yo lo sabía y tú lo sabías”, me advirtió Andrea, y yo lloraba, mientras tú te ibas alejando, lentamente, con aquel niño rubio entre tus brazos. Tuve el impulso acostumbrado de ir detrás de ti, pero me detuve, cambié de idea, así que escalé un muro provisional deseando con todas mis fuerzas no caer al vacío. Al pisar la arena caliente de Xeraco, me sentí de nuevo a salvo.